A la Sombra del Hiber

GLOSARIO
  • Hiber: Ebro
  • Cesaraugusta: Actual Zaragoza
  • Sago: Prenda de ropa a modo de capa.
  • Orbículo: Decoración circular que se solía coser en los bajos de la túnica romana. Podían mostrar figuras geométricas o antropomórficas.
  • Centenario: Rango militar. Se cree que podría ser una equivalencia tardía del antiguo rango de centurión.
  • Fortenses: Legión  del siglo IV – V de rango comitantense, esto es una legión que se desplazaba a las zonas de conflicto y no permanecía en la frontera guarneciéndola.
  • Comes: Rango militar. Solían ser generales de las legiones  situadas en los territorios que tenían asignados.
  • Spatha: Espada.
  • Rastrojeras: Tiras de tela que se enrrollaban en las piernas  para protegerlas de la maleza.
  • Tabulae: Tabla de cera o arcilla usada para escribir.
  • Domine: Señor.
  • Duumviros: Pareja de magistrados locales que se  encargaban de liderar la ciudad junto con el senado.
  • Dertosa: Actual Tortosa
  • Vareia: Actual Logroño
  • Vexilación:  Unidad militar creada a partir de la extracción de un número variable de legionarios de una o más legiones.

Capítulo 1

Una figura anda con paso decidido entre las calles de Cesaraugusta dirección al barrio del puerto fluvial. Está embozada en un sago de lana de color pardo que apenas deja ver una túnica blanca decorada con orbículos ricamente realizados y unas calzas de un azul ligero como un cielo en una mañana de bruma.

Se para ante una puerta de madera que cuenta con una inscripción en su vano: K. Manlius Acvlevs. Con la decisión propia de alguien acostumbrado a tomar la iniciativa en todo los aspectos de su vida, llama a la puerta  con dos fuertes golpes.

Tras  unos segundos, una mujer abre la puerta y contempla al hombre con ojos suspicaces.

-¿No hemos hecho suficiente ya por el ejército? -pregunta la mujer claramente molesta

-Señora, mi nombre es Apio Veleyo, centenario de los Fortenses, y tan solo vengo en busca de uno de nuestros legionarios, Kaeso Manlio.

-Pase.  -dije la señora  sin confiar aún

El centenario entra en una estancia rectangular iluminada por varias lucernas estratégicamente situadas. Al fondo de la sala puede ver a Manlio que se había levantado del catre improvisado que la familia le había creado en una esquina.

-Centenario, si viene por lo sucedido anoche en la guardia…

-No, los asuntos que me traen aquí son de otro carácter. -interrumpe el centenario-. Sin embargo, ya trataremos ese tema debidamente en otro momento. El comes Graciano te ha hecho llamar y soy el encargado de llevarte ante él.

-¿He hecho algo malo?

-No me corresponde a mi el informarte. Recoge tu equipo y acompáñame. -sentencia Apio Veleyo.

Manlio recoge su sago que hace las veces de lecho y se coloca su spatha a la cintura antes de salir junto a Veleyo. Ambos dos salen de la  casa y se dirigen hacia el Oeste rumbo al foro.

Las figuras de los dos militares atraían las miradas de los cesaraugustanos que no podían evitar fijarse en los contrastes. Veleyo caminaba con decisión, su porte y sus ropas eran dignas de un militar de carrera mientras que Manlio iba encorvado, su túnica hacía tiempo que dejó de ser blanca y su piernas iban tan solo protegidas por unas rastrojeras de lana que ya habían vivido muchos caminos.

Los dos hombres recorrieron las calles encontrándose  con otros legionarios de tanto en tanto hasta llegar al foro, orgullo de Cesaraugusta. Al contrario que en otras ciudades del imperio, el foro cesaraugustano no se encontraba en el centro de la ciudad sino que estaba situado junto al río Hiber, lo cual no mermaba su esplendor ya que se veía engalanado de mármoles y estatuas que ofrecían al visitante ocasional la visión de la riqueza de los ciudadanos.

Los dos soldados no se detuvieron a contemplar las maravillas que se vendían en el foro traídas de todo el imperio o las gentes y esclavos que andaban de un lado a otro ocupados en sus cosas sino que se dirigieron hacia unas estancias que se encontraban entre la Curia y la Basílica.

Las dos grandes puertas de madera estaban guardadas por dos legionarios completamente equipados con cota  de malla, casco, escudo, spatha y lanza. Al ver acercarse a Veleyo y Manlio abrieron las puertas para dejarles pasar.

La estancia debió de ser el despacho de algún alto funcionario antes de que el ejército se acantonase en la ciudad. Ahora  servía como despacho y vivienda para el comes Africae Graciano. Graciano era un hombre de mediana edad que contaba con unas facciones duras, como si hubiesen sido perfiladas en mármol, y que vestía con una túnica blanca ricamente decorada con franjas púpuras y dos orbículos que representaban una figura a caballo. Sus piernas iban abrigadas con calzas blancas de lana  y unos zapatos de caña baja de color negro.

Al entrar los dos militares, Graciano dejó la tabula que estaba leyendo y les hizo un gesto para que ambos se sentaran frente a él.

-Ah, centenario Veleyo, veo que sigue siendo tan diligente como siempre. Ha traído a nuestro hombre con una rapidez digna de Mercurio.

-Me honra con sus palabras, domine, sin embargo para mi tan solo hay un dios. -respondió solemnemente Veleyo.

-Ah, cierto, es usted de la secta cristiana. Parece que se ha puesto de moda desde que Constantino emitió el edicto de tolerancia. Bueno, este no es el tema que nos ocupa hoy. ¿Eres Kaeso  Manlio Aculeo? -inquirió dirigiendo la mirada a Manlio.

-Así es, domine.

-Excelente. Verás, los duunviros de esta insigne ciudad me han solicitado ayuda para acometer un problema que lleva castigando a la urbe desde hace tiempo. Según parece hay una serie de bandidos que asaltan los barcos mercantes que suben el Hiber desde Dertosa aprovechando los  cauces bajos y los momentos de ausencia de viento donde los barcos son más vulnerables a los asaltos. Como deferencia ante su generosidad ofreciendo Cesaraugusta como alojamiento para nosotros, he decidido formar una pequeña vexilación con el objetivo de terminar con la amenaza bandida.

-Entiendo.  ¿Y en qué puedo ayudar? -preguntó Manlio

– Según tengo entendido, te criaste en la zona antes de alistarte.

-Así es, domine, nací un poco más arriba siguiendo el Hiber, en la ciudad de Vareia.

-Necesito que ayudes a Veleyo a encontrar a estos bandidos usando tu conocimiento del terreno. ¿Encontraste al otro? -preguntó a Veleyo

-No, domine, cuando fui a buscar al legionario Annio no lo encontré en la casa que tenía asignada.

-Si me permiten, Annio y yo nos criamos juntos antes de alistarnos, creo que sé donde se encuentra -se ofreció Manlio.

-Bien, encárguese de encontrar a su amigo. Veleyo, organice la vexilación y partan en cuanto estén todos. -ordenó Graciano.

Tras escuchar las órdenes, ambos salieron de la estancia del comes y partieron en distintas direcciones mezclándose entre la gente que poblaba el foro.